jueves, 1 de agosto de 2013

Versión para Blog: Un hogar entre las piedras, Fernado Vanegas (San Cristóbal, 1993)

Plaquette de la Colección de Poesía Naciente Venezolana
Ojos de videotape
Un hogar entre las rocas
Santiago de Chile, agosto de 2013




***

En este poema fuimos felices
Jesús, Josué, Daniel y yo,
mi segunda novia y mi mejor infancia
se dejaron tocar por estos dedos.
Mi primera borrachera
y el primer viaje marihuano me abrazaron desde atrás
cuando todavía me olían las manos a inocencia.
Aquí encontraron espacio las lágrimas más amargas
que nadie vio jamás
porque yo no lloraba nunca.
Se rompió en este poema
la duda de a dónde diablos iba cargando con tanto sin darme cuenta,
aquí existió un infierno del que nunca supe
por estar siempre de rumba,
de aquí se escapó el cielo cuando
conoció nuestra tristeza.
Nosotros los tristes,
los amantes,
los niños gritones.
Nosotros los amigos que se besan entre
rincones y luces,
nosotros los dulces mediocres,
los viajeros,
nosotros los de la noche
bañados de sudor de tanto reír y reír
como si las estrellas no estuvieran ya lejos.
Nosotros la memoria de los mismos poemas
que miramos con odio.
Nosotros bailarines de todas las canciones
que se han tocado en esta tierra.
Nosotros los cantantes de media noche,
parados en la calle, temblando de frío,
extrañando a nuestras madres.
Oiga, oiga bien lo que le digo,
no sé nada de dioses,
pero mis amigos deben ser alguno,
mis noches deben ser inmortales,
mi dolor debe ser celestial incluso cuando me tumba
y me patea, cuando me hace escupir barro
y escribir con odio.
Venga, por favor, y abra esta botella
para que se espanten los fantasmas del mundo.
Venga, por favor, y ayúdeme a salir de esta amargura
que me tiene cogido desde hace tanto.
Venga, por favor, y dígame que me ha entendido,
que en lo más hondo del corazón algo le dice
que aún hay ternura.
Dígame que son dulces mis ojos cuando miro
los árboles, que el cabello tan largo debe significar algo,
que seré un hombre viejo cuando acabe esta fiesta.
Dígame que el mar está al otro lado de esa montaña
y que si quiero marcharme el camino vendrá conmigo.
Dígame qué sabe usted del amor,
cuántas veces se ha perdido en la madrugada,
cómo sonríen sus amigos cuando nadie los mira.
Dígame algo, por favor, algo que me ayude a largarme de este
poema donde están todos los que alguna vez me quitaron vida
y me llenaron la mirada de alegría,

los que cambiaron de orden mis pasos
compartiendo conmigo la cerveza,
el ron, el pan, la cama y la sangre.
Los que me abrazaron hace años.
Oiga, escuche bien lo que le digo, en este poema
estamos juntos, la vida, el dolor y yo.




***

Estas historias
no son historias todavía,
son lo que espera al otro lado de la ventana.
Esto que tengo en las manos  que se parece tanto a la tristeza
no es una palabra muerta de frío, es el día
que nos cuenta cómo termina todo.
No es el pasado,
es lo que va sucediendo
entre las manos de las mujeres
y las marcas de mis palabras,
es lo que alguna vez dije y me dijeron
para calmar la sed.
Este sonar de campanas, esta herida de bala,
este amigo muerto, esta pierna rota,
todavía no son un poema,
pero ya duelen, ya brillan en el  cielo.




***

He brillado hasta caer dormido
queriendo conocer lo claro de la luna.
Dibujé un hogar entre las piedras
para no tener que marcharme otra vez.
Hoy no hay más que la verdad de mis huesos,
la verdad de las palabras tan necesarias como el agua.
He sido
y mi historia la conté hace tiempo.




***

Que no me hable del infierno quien no ha visto su nombre acompañado por navajas, quien no ha volteado a mirar a un visitante como si fuera la muerte misma, quien no ha caído dormido abrazado por los últimos rayos de los postes. Que no me hable del infierno quien no se ha perdido entre una tristeza infinita y ajena, quien ha perdido su propia tristeza y cuando escribe no se encuentra entre las líneas. Que no me hable del infierno quien siga con vida, que no me hable del infierno quien conoce la calma, que no me hable del infierno quien no reconoce el asco en las alargadas caras de la familia, quien no ha cruzado la mirada con la vergüenza y el miedo. Que no me hable del infierno quien ha estado en él, porque el fuego no es el mismo. Que no me hable del infierno quien tiene el tiempo dividido en horas perfectas, que no me hable del infierno quien llega siempre a tiempo. Que no me hable del infierno quien no se ha descubierto en medio del amanecer con la memoria intacta y los bolsillos vacíos. Que no lo haga, que no me hable del infierno quien no tenga amigos como mis amigos y los vea desaparecer como yo los veo.


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